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MONS. JESUS ANTONIO LERMA NOLASCO

SR. OBISPO

Pbro. Juan Alberto Angon

3 Noviembre, 2020

Soy Monseñor Jesús Antonio Lerma Nolasco, actual Obispo de la nueva Diócesis de Iztapalapa. Y quisiera contarte un poco de mi historia, quién soy, qué ha pasado a lo largo de todos estos años de mi vida y cómo es que he llegado hasta aquí en donde me encuentro.

 

Comienzo diciendo que nací un lugar de provincia el 4 de julio del año 1945 en un pueblo llamado Xalisco, ubicado en la ciudad de Nayarit, el cual corresponde a uno de los pueblos prehispánicos que existieron antes de la llegada de los españoles.

 

Mi padre se llamaba Andrés Lerma Castro, cuyo oficio era albañil; por otra parte, mi madre era Dolores Nolasco de Lerma, quien se dedicó enteramente a su hogar. Ambos hace tiempo que gozan de la presencia de Dios. Fuimos una familia pequeña de cuatro hermanos. Me tocó ser el mayor de todos, después de mí nació una hermana, posteriormente un hermano y otra hermana más. Ella era la pequeña de la familia, pero falleció cuando tenía 18 meses.

 

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Normalmente las vocaciones a la vida sacerdotal nacen del testimonio de los mismos. Ese no fue mi caso, pero si de alguien puedo decir que fue naciendo mi vocación al Sacerdocio, fue justamente de mis padres, pues éramos una familia cristiana practicante.

 

Estudié la escuela primaria en mi pueblo y luego, a los 13 años de edad entré a la Escuela Apostólica que era una previo para entrar al Seminario. Así pues, inicié mi formación en el Seminario Menor de Tepic durante 4 años y en 1963 fui enviado de parte de la Diócesis de Tepic al Seminario de Montezuma de Nuestra Señora de Guadalupe en Nuevo México, Estados Unidos. Aunque estaba fuera del país era un seminario propio para mexicanos, el cual surgió en la época de la persecución religiosa. Los Obispos americanos para ayudar a los mexicanos, abrieron ese seminario, puesto que acá las casas de formación permanecían cerradas.

 

Los superiores y maestros eran Jesuitas, siendo así la formación era bastante garantizada, espiritual, intelectual y apostólicamente.  En el Seminario de Montezuma primeramente estudié un año de ciencias, luego tres años de filosofía y cuatro más de teología. Terminando así mis estudios en 1971. Allá recibí las “Órdenes Menores”, que hoy se conocen como Ministerios laicales, los cuales son el Lectorado y el Acolitado.

 

Al mismo tiempo en que regresé al país, también llegó el nuevo Obispo para la Diócesis de Tepic, Monseñor Adolfo Suárez Rivera. Él nos permitió a mis compañeros y a mi hacer una experiencia que no se había realizado en la diócesis, la cual consistió que en tres Parroquias diferentes fuimos enviados en grupos de cinco para empezar a practicar nuestro trabajo pastoral. Una de las primeras encomiendas fue hacer un estudio sociológico de la zona para crear nuevas parroquias, ya que en Tepic solo existía una, de tal modo que la atención pastoral no era la más adecuada. De esa forma se pudieron establecer nuevas Parroquias al servicio de los fieles.

 

El día 24 octubre del año 1971 recibimos el orden del diaconado y para la Ordenación Sacerdotal, el mismo Obispo nos propuso ordenarnos el día 24 de diciembre en la Misa de Gallo. Algunos me han dicho que no es una fecha común, pero para mí significa algo importante, pues no es cualquier fecha, es el día en que nació el Niño Jesús.

 

Ordenado Sacerdote fui designado a la Parroquia de Acaponeta, la cual está al norte de Nayarit colindando con Sinaloa. Llegué ahí un 8 de mayo de 1972 y compartí el trabajo con el Señor Cura y otro sacerdote igual de joven que yo.

 

El Párroco Jesús Valencia en ese entonces era mejor conocido como “El Satélite” en honor a un toro que llevaban a la plaza, pues era tan bravo que al montarlo ningún jinete se le quedaba. Y justamente, se le conocía con ese nombre al Señor Cura por lo mismo, pues ningún Vicario Parroquial se le quedaba, todos loe huían. Sin embargo, el Padre Ramón Gollaz, quien era el otro Vicario y yo logramos hacer un buen equipo con el Párroco. El Padre Ramón duró en la Parroquia 12 años, y yo 20. Sin duda, una experiencia inolvidable.

 

Tengo grandes recuerdos de la gente y con alegría puedo decir que la gente también de mí. Las nuevas generaciones no me conocieron personalmente, pero me conocen por lo que sus abuelos o padres cuentan del Padre Lerma, así me llamaban en mi Parroquia.

 

Mi trabajo era con los grupos de Cursillos, fui el encargado de la Catequesis, creamos mucho material para la formación de los niños. Además de un teatro bíblico que aprovechábamos para la Navidad y la Semana Santa. También pude atender varios poblados en la sierra, donde cabalgaba hasta 8 horas en mula y caminaba para poder llegara mi destino. Esta experiencia me fortaleció espiritual y físicamente, y me permitió conocer realmente las necesidades de la gente en esos lugares. Podría decir que ellos me ayudaron a madurar como Sacerdote y como persona.

 

Tuve la fortuna de trabajar con las pastoral juvenil y preadolescentes. Con ellos organizábamos retiros y momentos de oración. Al menos una vez al mes por la noche nos reuníamos, los mismos jóvenes se encargaban de preparar el esquema y los textos para estar ante el Santísimo. Los muchachos aprendieron a tener una cercanía, amor y respeto a la Eucaristía. Este grupo incluso llegó a tener una proyección bastante buena a nivel nacional con otros grupos juveniles. Además de tener una formación espiritual, también tenían un compromiso social, eran amantes del arte y del deporte.

 

Otra de las experiencias fue en la época de quien era en ese entonces el Rector del Seminario, el Padre Carlos Aguiar Retes, ahora Arzobispo de la Ciudad de México. Él tuvo a bien enviar a la Parroquia cinco Diáconos para que yo me encargara de ellos y fueran teniendo experiencia pastoral.

 

Acaponeta teniendo una gran cantidad de pueblos con más o menos dos mil o tres mil habitantes, en alguno de estos incluso con más gente, a cada uno de los muchachos les asigné una de las comunidades. Durante el día se iban a trabajar y atender a la gente, y por la tarde regresaban para vivir en comunidad, ahí en la cabecera parroquial. En la línea espiritual teníamos retiros, en la línea formativa les enseñaba a administrar los bienes para el sustento de cada uno. Con gran satisfacción, puedo decir que esos jóvenes ahora ya han cumplido más de 25 años de haber sido consagrados al Orden Sacerdotal y todos siguen ejerciendo su ministerio. Agradezco a Dios que sigan dando frutos en sus comunidades a lo largo de todo este tiempo.

 

En mi época de Acaponeta también fui Decano y Vicario Episcopal de la Zona Costa de Oro. Estas fueron experiencias de coordinación y de mando. En la Parroquia misma, dada la edad avanzada del Párroco, me daba la confianza para estar al frente de la misma.

 

Sin embargo, como toda época, todo tiene un principio y un fin. El Señor Obispo un día me pidió que me hiciera cargo de la Pastoral de la toda la diócesis. En ese momento, tuve que dejar la Parroquia y trasladarme a trabajar en la Curia diocesana como Vicario de Pastoral. Aunque en distintas ocasiones ya le había puesto muchos pretextos ante su petición, finalmente me pidió que aceptara y así lo hice.

 

Para mí, después de trabajar 20 años en parroquia sabía que no sería fácil, pues era llegar a estar en una oficina en donde al menos los primeros días me la pasaba solo, pues nadie se paraba por ahí. Pero después de empezar a organizar la pastoral y de ir a visitar los decanatos de la diócesis, que en ese entonces eran quince, hicimos un proyecto de acuerdo a las necesidades de cada lugar y comenzamos a trabajar. En esta encomienda estuve al frente durante 3 años, pues desgraciadamente el que era el Vicario General de la diócesis renunció.

 

Después de todo un proceso para elegir al nuevo Vicario, el Obispo, Don Alfonso Robles Cota se fijó en mí y empecé una nueva etapa en el año 1993, tomando posesión en la Catedral de Tepic. A partir de ese momento mi Ministerio tuvo que ser más enfocado hacia los presbíteros, escuchando, atendiendo sus necesidades, y el organizar la formación permanente del clero. Todo eso fue una nueva experiencia, pues también el cansancio y la enfermedad alcanzaron al Señor Obispo y me tocaba estar al frente de la diócesis.

 

Estas experiencias las agradezco, pues han sido un crecer como sacerdote para estar al servicio de todo un territorio pastoral, al servicio de un buen número de sacerdotes. Uno de los retos en su momento fue organizar el primer Sínodo de la diócesis, siendo yo el vicepresidente del mismo. Sin embargo, en dos ocasiones tuve que coordinar el encuentro y al mismo tiempo estar al frente del Sínodo por motivos de salud del Don Alfonso Robles.

 

No dejo de admitir y agradecer que los Sacerdotes de la diócesis de Tepic, aún con todo esto, siempre me dieron mi lugar y siempre me respetaron. Cuando en nombre del Obispo giraba una instrucción, estaban siempre atentos y obedientes. Cómo no tener gratos recuerdos de esa época, acompañando y orientando a los sacerdotes jóvenes, apoyando también a los sacerdotes ancianos. Gran riqueza espiritual y apostólica obtuve de ese Sínodo.

 

Ciertamente, reconozco que al final de todo ese trabajo, yo mismo le pedí a mi Obispo que me relevara del cargo, que buscara a alguien más y que me enviará a una parroquia, pues además del agotamiento, siempre se extraña el apostolado y la convivencia con la gente. Sin embargo, nunca me hizo caso y llegó el momento de su jubilación.

 

Todo fue un nuevo ciclo para la diócesis y para todos nosotros, ya que nombran a Don Ricardo Bati Urquidi en abril de 2006 como Obispo de Tepic, quien venía de ser Obispo de Nuevo Laredo y antes ya había sido Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México. Como ya lo había hecho anteriormente con Don Alfonso, de igual manera me puse a disposición de Don Ricardo, le entregué la Vicaría General y le comenté el hecho que sería bueno pusiera a alguien nuevo al frente, obviamente esperando yo que me dijera a qué parroquia iría a servir, pero creo que solo lo tomó como una petición de mi parte, pues continué trabajando como Vicario General.

 

¿Cómo fue que se dieron así las cosas? Don Ricardo, dos veces hizo un sondeo entre el presbiterio preguntando quién querían que fuera el Rector del Seminario y quién el Vicario General. Al final nunca me cambió y seguí al frente. Y debo decir que el tiempo que trabajé con él fue un tiempo muy agradable, un tiempo en el que tuve el gusto de acompañarle a distintos lugares. Mientras nos trasladábamos a las parroquias, íbamos trabajando, ahí era donde aprovechábamos el tiempo y tratábamos los asuntos propios de la diócesis. Fueron dos años y medio de trabajo muy intenso.

Pero una nueva fecha volvería a marcar mi vida. Un lunes 27 de abril de 2009 recibí una llamada telefónica de parte la Nunciatura Apostólica. El Nuncio Apostólico de México, Don Christophe Pierre me pedía presentarme en la Ciudad de México y recuerdo que era un 30 de abril. Y así lo hice, fui a la Nunciatura y una vez que estuve frente a él lo escuché con atención y me dijo: “Lo he llamado porque el Papa Benedicto XVI lo ha nombrado Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México”.  Para mí eso fue una gran sorpresa, pues no conocía yo a nadie aquí, no conocía como tal la ciudad y menos de la realidad Pastoral de dicho lugar. Sin embargo, el mismo Don Christophe ante mi incertidumbre me animó diciéndome que no me costaría mucho trabajo aprender a vivir aquí. Y finalmente, vino la pregunta clave: ¿Acepta esta encomienda del Santo Padre? A lo que respondí que sí.

 

En ese momento el Nuncio Apostólico me comunicó con quien era el Arzobispo de la Arquidiócesis de México, el Cardenal Norberto Rivera Carrera y una de sus primeras palabras fueron “gracias por aceptar venir a la Ciudad de México” y me pidió si podía ir a verlo a la Curia Metropolitana. Estando ya presente con Don Norberto, platicamos un rato, pero principalmente platicamos de cuándo podría llegar ya formalmente a la Ciudad para celebrar mi Consagración Episcopal. Una vez puestas las fechas, salí de regreso a la ciudad de Tepic.

 

Debo confesar que no fueron días fáciles, pues esta noticia no la podía platicar ni con mi familia ni con nadie más, pues uno debe de guardar la noticia hasta que el Vaticano la haga pública. Con el único con quien me permitieron hacerlo fue con Don Ricardo Bati.

 

Y un 8 de mayo, fecha especial para mí, pues coincidía con mi llegada a Acaponeta en el año de 1972, y ahora la misma fecha, pero de 2009 se daba a conocer públicamente que el Papa me había nombrado Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México. Ese día tenía una junta en la Curia diocesana y solía salir muy temprano de casa de mi madre, que era donde yo vivía y regresaba hasta la noche. Don Ricardo Bati me aconsejó que antes irme a la reunión le diera la noticia a mi madre. En ese entonces mi madre quien tenía 89 años de edad seguía descansando me atreví a interrumpirle su sueño. Le pedí a mi hermana que la despertara y fue así que le di la noticia de que el Papa Benedicto me había nombrado Obispo y que tendría que dejar la casa, dejar la ciudad de Tepic para trasladarme a la Ciudad de México.

 

Siento que después de esa noticia mi madre se quedó muy preocupada, pero algo le decía que había hecho bien las cosas, pues mi madre se preguntaba “por qué en esta panza llevé a un Obispo”. Y así fue haciendo ella conciencia de cuál sería mi nueva encomienda y de todo el trabajo que se me avecinaba.

 

El día 9 de junio llegué a la Ciudad de México, pues al siguiente día sería la Consagración Episcopal en la Basílica de Guadalupe. El principal consagrante fue Don Norberto, los concelebrantes fueron el Nuncio Apostólico, Don Christophe Pierre y el ahora Arzobispo de México Don Carlos Aguiar.

 

Así empezó una vida nueva para mí con el destino de llegar a la entonces 7ª Vicaría, ubicada en su mayoría en la zona de Iztapalapa y parte de Iztacalco. Y qué bueno que llegué a este lugar. Ya son 10 años de ir haciendo un buen trabajo pastoral. De nueva cuenta tuve que conocer, atender y trabajar con sacerdotes. Por otra parte, el hecho de convivir con otros siete Obispos, pues no olvidemos que eran ocho Vicarías y en cada una de ellas había un Obispo. Aunque dependíamos de Don Norberto en cuanto a coordinación, teníamos cierta autonomía, es decir, nuestros planes de pastoral eran autónomos, los cambios de Párrocos los hacíamos nosotros, las problemáticas locales las teníamos que afrontar nosotros, etc. Pero siempre caminábamos juntos, cada ocho días los Obispos teníamos reunión para evaluar nuestro trabajo y las realidades propias de cada Vicaría. Considero una bendición el haber aprendido a trabajar en equipo con otros Obispos y al mismo tiempo estar bajo la autoridad de un hombre con mucha experiencia como lo fue el Señor Cardenal Don Norberto Rivera Carrera.

 

Puedo decir que al interior de lo que era la 7ª Vicaría me han respondido muy bien los Sacerdotes. Cuando le gente en general me ha llegado a preguntar ¿Cómo te ha ido en la Ciudad de México? Mi respuesta es bien, principalmente porque cuento con un buen presbiterio. Ciertamente, hubo que trabajar en las distintas dimensiones como la humana. Le pedí a los padres asistir a talleres y algo que creo ha sido un acierto, son las visitas fraternas. De tal modo que los presbíteros fueran adquiriendo mayor formación. Por ello, considero que hasta la fecha los sacerdotes han respondido bien y trabajan bien.

 

Lamentablemente, la falta de vocaciones sacerdotales hace que el clero diocesano esté solo en sus parroquias. Es muy raro que alguno de las Párrocos tenga un Vicario parroquial. Por lo mismo, les agradezco el trabajo que día a día desarrollan.

 

Actualmente, somos ya Diócesis de Iztapalapa. Todo esto surge a partir de la renuncia de Don Norberto como Arzobispo debido a que cumple los 75 años de edad y es nombrado en su lugar Don Carlos Aguiar Retes. Desde su llegada nos dio a conocer que propondría la creación de tres nuevas diócesis: Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco.

 

En el mes de julio de 2018 se comienza el proyecto y vino el Nuncio Apostólico Franco Coppola, Don Carlos Aguiar y Monseñor Lira, Obispo encargado de nuevas diócesis.  Afortunadamente, este proyecto fue bien aceptado en su mayoría por los sacerdotes.

 

De modo que cuando llega la noticia el 28 de octubre de 2019 de que Iztapalapa se convierte en diócesis y de que el Papa me ha nombrado el 1er Obispo de Iztapalapa, creo que fue un gozo de todo el presbiterio de lo que era la 7ª Vicaría.

 

El día 4 de noviembre se hizo la erección de la diócesis y mi toma de posesión ante el Nuncio Apostólico, Don Franco Coppola. Tuve el gusto de ser acompañado por mis hermanos Obispos, por el presbiterio y la presencia aproximadamente de cinco mil personas al interior del atrio de la nueva Catedral y afuera, sobre la Avenida Ermita Iztapalapa. Y así es como hemos una nueva época la Diócesis de Iztapalapa.

A grandes rasgos hasta el día de hoy esta es la historia de mi vida y de cómo llegué por gracia de Dios a ser el 1er Obispo de Iztapalapa. Que el Señor nos ayude por el tiempo que tenga que estar aquí con mi gente, que sigamos caminando en esa armonía y fraternidad, dando continuidad de lo que ya veníamos haciendo con un presbiterio dispuesto a trabajar y a luchar por la construcción del Reino de Dios.