Comentario al Evangelio de la Ascensión del Señor
- Diócesis de Iztapalapa

- 31 may 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 7 jun 2025
Por: Redacción.
Una promesa cumplida y una misión confiada
Queridos hermanos y hermanas,celebramos hoy una solemnidad llena de esperanza: la Ascensión del Señor al cielo. Jesús, después de su resurrección, se muestra durante cuarenta días a sus discípulos, les da pruebas de que está vivo y, antes de partir, les deja una promesa y una misión.

La promesa es clara: “Voy a enviarles lo que mi Padre les prometió… recibirán la fuerza de lo alto”, es decir, el Espíritu Santo. La misión también lo es: “Serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra”.
La Ascensión no es una despedida triste, sino un envío gozoso. Jesús no se va para abandonarnos, sino para abrirnos camino. Él se eleva al cielo, pero no se aleja de nosotros: permanece en su Iglesia, intercede por nosotros y nos sostiene con su Espíritu.
Testigos con poder desde lo alto
En el Evangelio de Lucas y en los Hechos de los Apóstoles escuchamos la misma consigna: “Permanezcan en la ciudad hasta que reciban la fuerza de lo alto”.
¿Qué significa esto?Jesús sabe que su misión no puede continuarse con nuestras solas fuerzas humanas, por eso nos promete la asistencia del Espíritu Santo. Ser testigos del Evangelio no es simplemente hacer publicidad de una idea: es dar la vida, con coherencia, con valor y con amor, por Aquel que nos la ha dado primero.
Hoy, más que nunca, necesitamos cristianos llenos del Espíritu. No espectadores, sino testigos. No temerosos, sino valientes. No encerrados en sí mismos, sino enviados al mundo.
Con los ojos en el cielo… y los pies en la tierra
Los discípulos, al ver a Jesús subir al cielo, se quedan mirando hacia lo alto. Pero dos ángeles les hacen una pregunta muy pertinente:“¿Qué hacen ahí parados, mirando al cielo?”
Esta pregunta nos interpela a nosotros también. A veces corremos el riesgo de una fe escapista, que sólo mira al cielo sin comprometerse con la tierra. Pero Jesús no nos enseñó a huir del mundo, sino a transformarlo con su amor.
La Ascensión nos recuerda que nuestra vocación no es quedarnos paralizados, sino ponernos en marcha, como discípulos misioneros, llevando el mensaje del Evangelio a los hogares, las calles, los hospitales, las escuelas, los corazones.
Un sacerdocio eterno que nos da confianza
La Carta a los Hebreos nos abre un horizonte profundo: Jesús ha entrado en el verdadero santuario, en el cielo mismo, como sumo sacerdote eterno, no para ofrecer sacrificios repetidos, sino para presentarse ante el Padre por nosotros, una vez y para siempre.
Él ha abierto un camino nuevo, una puerta segura para acercarnos a Dios. Por eso hoy, con confianza, nos acercamos al altar, sabiendo que Cristo intercede por nosotros y que su sacrificio ha destruido el pecado.
Si Él ya está en el cielo, es porque nos espera allá. Donde ha entrado la Cabeza, está llamado a llegar el Cuerpo. Nosotros, miembros del Cuerpo de Cristo, estamos destinados también a participar de esa gloria, si permanecemos fieles.
Vivir adorando, viviendo y esperando
Los discípulos, después de ver ascender al Señor, regresan a Jerusalén llenos de gozo. No se encerraron en el miedo, no se quedaron inmóviles. Volvieron al templo, alabando a Dios, preparándose para recibir al Espíritu Santo.
Así también nosotros:
Adoremos a Jesús, como los discípulos.
Vivamos con gozo la misión que nos confía.
Esperemos con esperanza su retorno glorioso.
Que esta Solemnidad nos impulse a levantar la mirada al cielo, pero sin dejar de caminar en la tierra. Porque Cristo ha subido a los cielos, pero nos ha dejado su Espíritu para transformar el mundo.
Amén.





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